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Todos los años, desde el 4 de noviembre de 2000, subo a ver la bandera que ondea sobre la cima del cerro Ancón. En el camino me miran confiados los ñeques, decenas de aves, algún venado y otros mamíferos más discretos cuyos ojos aprendí a distinguir entre la maraña de la selva panameña.
Solamente una vez encontré una familia compuesta por el papá, la mamá y tres hijos, que había llegado a la cima para celebrar aquel 4 de noviembre de 2002. El corazón me palpitó alegre y me atreví a felicitarlos por el acto de amor hacia nuestra bandera. Después conocí casualmente a aquel papá y volví a felicitarlo por enseñar a sus hijos el valor histórico del cerro Ancón y su bandera acariciada por el céfiro puro y radiante que la hace ondear para que la vean los ojos de toda la ciudad.
Panamá es una metrópolis sin monumentos. Comparada con cualquier país del sur o de Centroamérica, nuestra ciudad es de pobrísima recordación monumental. Los que se han erigido recientemente son de casi ridícula concepción, mal ubicados y sin la perspectiva o el tamaño que hace a un monumento importante y digno de ser visitado.
Pero tenemos un cerro que es en sí mismo un monumento envidiable por su magnífico porte, por su historia cantada por varios poetas, por su exuberante naturaleza con árboles centenarios; porque todavía corre laderas abajo, en los inviernos más lluviosos, el hilillo de agua que lo hizo famoso en aquellos versos de Amelia Denis de Icaza. Casi llegando a la cima una especie de pequeño alcorque señala el sitio donde nace el arroyuelo, aunque también es mezquina su señalización y está siempre sucio y en insultante abandono. Se ven, eso sí, claros los nombres de las personalidades que los inauguraron, así como los ya proliferados hitos en la cima, llenos de nombres de quienes los erigieron, aunque sean tan feos y parcos como quienes los pusieron allí más para ver sus nombres grabados en ellos, que por un sentimiento de agradecimiento o una generosa recordación para las futuras generaciones.
Ya sé que habrá muchas excusas para absolver al teleférico de sus culpas. Una idea nace con ellas y no se las podrá quitar aunque se argumente a favor de su existencia, si su sola concepción ofende la historia de un sitio, como es el caso de este artefacto que salvará de un infarto a algún obeso que pretenda mirar la bandera desde la misma cima del cerro, pero que mancillará para siempre la tierra del Ancón, sobre la que sólo deberíamos permitir las huellas de las ilusiones de los panameños que amamos ese símbolo y la de los miles de niños que deberían subir todos los 4 de noviembre en peregrinación sagrada, para que sus pechos se expandan y el sereno de la mañana les humedezca las mejillas y se confunda con sus lágrimas tiernas para volver a mojar la tierra y sus promesas.
Sé que habrá también argumentos ecológicos para defender la cima contra el ataque voraz del teleférico, sus dueños y los amanuenses del gobierno que lo defienden con sus sonrisas cómplices como una necesidad para la producción de empleos. Esos son argumentos tan respetables y válidos como los argumentos del comerciante inescrupuloso que solamente piensa en el tintineo de las monedas en su bolsillo.
Yo estoy hablando de argumentos que no pueden cuantificarse en número de aves, especies de la flora, riqueza medioambiental, cantidad de empleos, capacidad de remediar daños o número de turistas asomados a los miradores. Yo estoy convocando los sentimientos patrios de los panameños, aunque se diga como seguramente se dirá, que uno no come banderas, y que el cerro puede albergar el griterío comercial al igual que la paz del pendón flotando, ambos confundidos como si el valor de uno tuviera algo que ver con el del otro.
Al final, un 4 de noviembre cualquiera, ya no intentarán meterme preso por querer estar más cerca de la bandera, como aquel de 2004 cuando intenté cruzar la cerca que le pusieron para evitar que los menesterosos tocasen el botón que la sube y la baja; excusa estólida de un administrador de ARI que ya pasó a mejor vida, como pasará el dueño del teleférico, los gobernantes de turno que permitieron el deshonor al cerro y la mancilla a nuestra bandera.
El autor es domador de pulgas
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